Oliart comió y cenó el jueves con
Luis Fernández (LF), el dimisionario presidente de RTVE. Volvieron a almorzar el viernes. ¿Cómo has visto a Alberto? “En plena forma”. Segundo alto funcionario que le dimite a un Gobierno socialista sin mediar escándalo de corrupción y, como en el caso de
Antonio Asunción, idéntica perplejidad y desconcierto en las filas del PSOE. Que LF había decidido dimitir hace tiempo, al menos desde que se aprobara la Ley de Financiación de RTVE, lo demuestra el hecho de que su mujer se trasladara a vivir a Miami el pasado julio, ciudad en la que sus hijos asisten al colegio desde septiembre.
Hacía muchos meses que la traición al contrato verbal que hizo posible su llegada al ente -“hacer realidad una televisión pública independiente, con capacidad para competir con las privadas”, era un secreto a voces. En uno de esos infinitos vaivenes que jalonan la vida de los partidos socialistas tras la caída del Muro y la pérdida de cualquier referente ideológico claro, el Gobierno ZP decidió hace tiempo entregarse con denuedo a la defensa de la cuenta de resultados de las cadenas privadas, todas descaradamente
filopsoes, convencido de la fuerza de la televisión como arma electoral.
María Teresa Fernández de la Vega, caída en desgracia como
prima ballerina assoluta, recibe el encargo del jefe de dedicar sus mejores esfuerzos a reorganizar el mapa audiovisual español. De modo que, con la falta de escrúpulos que nos caracteriza, pusimos manos a la obra: primero anunciamos la digitalización del espectro y el fin de la tv analógica para abril de 2010 y, casi de inmediato y sin que nos temblara el pulso, concedimos dos canales analógicos más: en julio 2005 autorizamos la conversión de un canal de pago (el Plus) en otro en abierto (La Cuatro). Y cinco meses después, otorgamos un nuevo canal analógico (La Sexta) a nuestros amiguetes de Mediapro. Se trataba de “aumentar el pluralismo e incrementar la oferta”.
Pero pronto tuvimos que tocar a rebato y ordenar fusiones entre cadenas a uña de caballo, porque no había, no hay, pastel para todos, para lo cual eliminamos la limitación del 5% en las participaciones cruzadas entre cadenas (había que "fortalecer financieramente a las empresas de tv, afectadas por el descenso de publicidad”), y finalmente, julio de 2009, completamos el pastel de la discrecionalidad administrativa con la decisión de cepillarnos la contratación de publicidad por parte de TVE –Ley de Financiación de RTVE-, con la sana intención de que esa pasta se la repartan los privados en comandita. La guinda la pusimos en pleno mes de agosto, con la aprobación de la TDT de pago: Felicidad plena para los
Roures,
Contreras,
Ferreras et alii, y a
Cebrián que le vayan dando.
Y, en contacto diario con los patronos privados, De la Vega dedica sus mejores esfuerzos a tan ardua tarea, con plena opacidad informativa y con el PP en la Babia de Gürtel y otras corrupciones. Pero hay algo que no solo no encaja en la estrategia de derribo de lo público, sino que chirría de forma horrísona: Mientras la Vicepresidenta se dedica a utilizar el BOE en favor de los privados, la tele pública no deja de comerles terreno, hasta el punto de que los telediarios de TVE se convierten en los más vistos y la primera cadena termina por colocarse líder de audiencia por primera vez en mucho tiempo, desplazando a Tele5 y A3, y ello sin
Grandes Hermanos, sin
Tomates y demás telebasura al uso. De modo que los
Carlotti,
Vasile y demás gestores de la cosa privada protestan airados: este tío te está tomando el pelo, María Teresa; está haciendo justo lo contrario de lo que predicas. Y la Doña se enfada mucho con Fernández, le recrimina su actitud y claramente le incluye en la lista de desafectos al régimen. Su suerte estaba echada.
Una TVE que se puede ver sin taparse la nariz Conviene aclarar que este nuevo pulso de Poder en el seno del Gobierno y del partido que lo apoya, en el que unos cuantos privados se juegan mucho dinero -pulso que retrata de nuevo esa radical confusión entre lo público y lo privado que enseñorea la “democracia” española-, no tiene nada que ver con la vieja discusión teórica sobre la conveniencia o no de contar con una TV pública.
Igualmente hay que aclarar que el modelo que deja el dimisionario dista mucho de ser una televisión pública independiente al modo en que el término se entendería en el Reino Unido, por ejemplo, aunque es igualmente cierto que, en comparación con etapas anteriores -tanto del PSOE como del PP-, TVE es ahora un medio que se puede ver con cierto desahogo y sin necesidad de taparse la nariz, entre otras cosas porque la labor de aliño a favor del Gobierno se hace ahora con una
finezza desconocida en otras épocas.
El corolario del proceso descrito no tenía vuelta de hoja para un hombre tan experimentado como LF: se trataba de quitarle a las privadas un competidor tan poderoso como TVE, para lo cual se le cortan las alas de la contratación publicitaria y se le restringe la compra de contenidos. Con las manos atadas a la espalda, al aludido solo le quedaba asistir a su propio funeral: progresiva pérdida de audiencia y replanteo inmediato el próximo gran debate público: ¿Para qué necesitamos una televisión pública que le cuesta una pasta al contribuyente y que nadie ve? LF decide no comerse ese marrón y levantar el vuelo, abandonando la dirección de RTVE en su momento de gloria, con la cadena situada en los mejores niveles de audiencia.
Pero el Gobierno no se lo cree. En Moncloa piensan que Fernández va de farol. Que no se irá. Se convencen de lo inevitable cuando se enteran de que ha convocado un consejo extraordinario para el jueves 29 de octubre, donde piensa hacer oficial su dimisión. Y el miércoles anterior, día 28, el aparato socialista, que hacía tiempo había decidido hacerle la vida imposible en el Consejo de RTVE, se moviliza para nombrar sucesor a uña de caballo, privando a Moncloa del tiempo necesario para hacer sus arreglos: los dos representantes del PSOE en el organismo se reúnen en secreto con los de ERC, IU, CC.OO. y UGT. Dando por buena la dimisión de LF, el Consejo pasaba a tener 11 miembros, de forma que seis votos serían más que suficientes para elegir presidente en la persona de
Miguel Ángel Sacaluga, eterno y frustrado aspirante al puesto desde las filas socialistas.
Todas las luces rojas se encienden entonces en Moncloa. ZP, haciendo demostración de ese olfato político inigualable que le ha llevado a ganar dos elecciones cuando nadie confiaba en él, decide abortar la operación Sacaluga convocando a LF para un encuentro a solas. Y, frente a frente, el leonés le dice que si se marcha de forma tan abrupta, sin darle tiempo para gestionar un candidato que pueda ser aceptado por el PP, le causará una avería muy considerable.
Sacaluga, un hombre del
apparatchik socialista que viene apadrinado por Blanco y De la Vega, hará añicos en un mes el edificio que tú has levantado. Con la que está cayendo, lo que menos necesito es un comisario político al frente de TVE, cosa que a ti tampoco te conviene, porque la importancia de un cargo se mide por la talla de quienes lo ocupan. Zapatero le pide que le entregue una lista de potenciales aspirantes al cargo, y se compromete a elegir el más adecuado sin interferencias. “Yo me encargo personalmente de llevar este asunto y de hablarlo con
Mariano Rajoy”.
Mariano, échame una manoY a fe que el trío ha guardado tan peculiar proceso de selección en el mayor de los secretos. Ni una palabra ha salido de la boca de Fernández, que también habló con Rajoy durante el proceso. La Moncloa, sin embargo, no perdió la esperanza de convencerle para que abandonara su decisión.
La presión ha llegado a tal grado que, en los últimos 10 días, Fernández ha comido o cenado con más de la mitad del Gabinete, desde luego con
José Blanco, pero también con
Pérez Rubalcaba (“este ya tiene trabajo en Miami; por eso se va”),
Manuel Chaves,
González Sinde y un largo etcétera. También con el entorno de los “visitadores” de Moncloa, caso de
José Miguel Contreras (Mediapro y La Sexta), un grupo que ha hecho grandes negocios con él al frente de RTVE como proveedores de contenidos. Todos menos De la Vega. Todos con el mismo mensaje. Todos con idéntico éxito: ninguno.
La elección de Alberto Oliart fue una gran sorpresa incluso para la Vicepresidenta. Antes de llegar hasta él, por la lista desfilaron nombres que fueron descartados uno a uno, casi siempre por el PP.
Angélica Rubio,
personal adviser de Zapatero para temas varios, incluidos los de favorecer con obra pública a los amigos constructores leoneses, proponía un nombre desde Moncloa y
Carmen Martínez Castro, en nombre de Rajoy, devolvía la pelota desde la calle Génova con el consabido
niet.
Especial énfasis puso el presidente en el diputado
Andrés Torres Mora, su ex jefe de gabinete y tutor parlamentario de la Ley de Memoria Histórica. Hasta que ZP se inviste de una condición en él desconocida, la de hombre de Estado, y propone un nombre que el PP no podrá rechazar: el del ex ministro de la UCD Oliart, un rico de derechas más bien de izquierdas, un intelectual laico que, sin ánimo de
épater la bourgeoisie, ha leído a
Rousseau, a
Ibsen, a
Brecht, a
Rusell y a tantos otros, por no hablar de su admirado
Rilke.
Y Rajoy acepta, porque no otra cosa podía hacer tras entrar en el juego de sacarle las castañas del fuego a Zapatero. Mariano, échame una mano. “De nuevo se lo ha llevado al huerto”, explica un prohombre de la derecha, “A Zapatero le había explotado el modelo de televisión pública puesto en marcha con Fernández, con el agravante de que son ellos mismos quienes traicionan el modelo, y el bombero que acude al rescate es precisamente Rajoy. Está claro que la sucesión de Fernández no es una cuestión de Estado, y que ese marrón tenía que habérselo comido Zapatero solito.
La decisión de Génova, que alivia la presión que soporta el Gobierno en tantos frentes, tendrá consecuencias electorales, porque ahora mismo nada le hubiera venido mejor al PP que un sectario al frente de RTVE”. Difícilmente podrá Alberto Oliart aspirar a otra cosa que no sea el mantenimiento de ciertos equilibrios políticos dentro de RTVE. El poder efectivo estará en manos de su segundo. Su antecesor se lo ha puesto caro. El “tal Fernández” ha resultado ser todo un Señor Fernández.