De todas las definiciones de periodismo la que más me gusta es la que dice que el periódico es el espejo en el que la sociedad se ve cada mañana para responder a la pregunta ¿cómo amanecimos hoy? No tengo idea de quién fue el primero que formuló esta definición, yo se la oí a Tomás Eloy Martínez en 1991, pero supongo que es una visión que tiene muchos años. El simple hecho de que exista una publicación alemana con ese nombre, Der Spiegel (El espejo) me hace suponer que la metáfora es, por lo menos, tan vieja como la publicación misma, que el 4 de enero cumplió 62 años de editarse semanalmente en Hamburgo. Los medios somos, pues, un espejo de la sociedad. Y al igual que todas las señoras que en la mañana se ven al espejo lo primero en que se fijan es en la verruga, la arruga, la espinilla, la ojera o el párpado caído, las sociedades nos fijamos en los muertos, las devaluaciones, los embotellamientos, etcétera. No conozco una sola señora que se vea al espejo y no revise primero las canas, como no conozco un solo medio informativo que no se fije en las verrugas sociales.
Lo periodístico es lo novedoso. El eje del periodismo es la transformación, el cambio. Es noticia lo que cambia, incluso lo que no cambia, pero nunca lo que permanece (que parece lo mismo pero no es igual). La paz nunca será noticia, la guerra o un “alto el fuego” (la no-guerra) sí. En la guerra contra el narco lo noticioso es la guerra y la responsabilidad de los medios no puede ser otra que reportarla. Gavilán que no come pollo no es gavilán, dice el dicho popular. A un medio no se le puede pedir que no cumpla con su tarea básica y esencial, casi instintiva, que es reportar los cambios. Pero además, hacer un periódico y leer el periódico son actividades absolutamente subjetivas. Ambas tienen que ver con la percepción; el periódico bueno es el que ve las cosas como yo. Cuando se habla de objetividad en periodismo en realidad lo que se pide es que los datos estén correctos y no se actúe con mala leche. Eso no tiene nada que ver con la objetividad, es un asunto de honestidad.
Teniendo claro que la responsabilidad primera y básica de los medios es reportarle a la sociedad los cambios del día dentro de los límites mismos de la capacidad técnica y humana (Carl Berntein diría que la función de un medio es dar “la mejor versión de la realidad que nos sea posible”), no podemos obviar que en el cómo hacemos periodismo está la diferencia. Los medios somos los ecualizadores de las voces de una sociedad. Dependiendo a qué canal le subamos y a cuál le bajemos el volumen es el tipo de sonido que vamos a producir. Si le subimos al canal de las balas, los estruendos van a opacar cualquier otro sonido. Si le subimos a las voces oficiales, además de dormir al respetable, vamos a generar una imagen absolutamente distorsionada de la realidad. Tan engañoso es escuchar sólo un canal como el otro, la realidad es un asunto complejo y de muchos canales. Ecualizarlos bien es el oficio del editor.
¿Reportar y contar los muertos en la guerra contra el narco es hacerle el juego al narco? Por supuesto que no. ¿Reducir la guerra contra al narcotráfico a un asunto de muertos es falsear la realidad? Sí, o digamos que al menos producimos una distorsión total de la realidad al privilegiar un solo canal. Pero en un país donde todos los días están sucediendo cosas inéditas no hay manera de que la noticia sea otra cosa. Un comando toma una prisión, asesina a un grupo de delincuentes dentro de la misma cárcel y libera a otros, es algo tan desproporcionadamente espantoso y novedoso que lo que se diga o suceda en el resto del mundo no tiene importancia para la ciudad que lo vivió. Volvemos a la metáfora del espejo. Si un día una persona amanece con un tumor en el ojo no le podemos reclamar que no se fije en lo bien que se le ve su corte de pelo.
Pero lo único peor a que salgan todos lo días muertos y degollados en los noticieros y en las páginas de los diarios es que éstos dejen de salir. Valgan un par de ejemplos. En Guadalajara o Monterrey los atropellados ya no son noticia. Son tantos y tan cotidianos que aparecen a lo mucho como parte de un conteo. Si hay un atropellado en Colotlán, Jalisco, o en Tupátaro, Michoacán, será sin duda la noticia del día y el comentario de toda la semana. En la Ciudad de México los asaltos en taxis dejaron de ser noticia, no porque ya no existan, sino porque los asimilamos al paisaje urbano. Se volvió cotidiano. Si el narcotráfico y sus secuelas dejan de ser noticia ese día podemos decir, sin ambigüedad, que hemos perdido la guerra.
Existe además un riesgo serio de que el narco se infiltre en empresas periodísticas, y la crisis económica será el caldo de cultivo ideal para ello. Puede ser por la vía empresarial o por la vía profesional, es decir a través de los reporteros. El riesgo es por supuesto mayor en las empresas chicas, de localidades pequeñas, pero no únicamente. Uno de los problemas de no diferenciar entre políticas de gobierno y de Estado es que la política de medios en estados y municipios se siguen haciendo en función del gobernante en turno. Cuidar que los medios no caigan en manos del narcotráfico es un asunto de Estado, que no se resuelve con políticas gubernamentales reducidas a una relación comercial, sino con visión de Estado. ¿Qué medios para qué país? Esa es una discusión pendiente.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada