miércoles, 2 de junio de 2010

Derecho a la intimidad y libertad de expresión chocan con fuerza en Internet

MADRID.- ¿Tiene derecho una persona a desaparecer de la Red? ¿Es posible controlar todo lo que se dice o difunde sobre alguien en las páginas web? ¿Es factible preservar la memoria cibernética de alguien, aun después de su muerte? ¿Dónde acaba la libertad de expresión y dónde comienzan las injurias y las calumnias?, se pregunta 'El País'.

Esa última disyuntiva existe desde tiempos inmemoriales. Pero la naturaleza libre e ingobernable de la Red la ha magnificado. Como en la vida, cualquiera puede expresar en Internet lo que le venga en gana. De dónde resida el internauta y dónde se aloje su web dependerá si viola las leyes en ese lugar o no. Pero hay una gran novedad: Internet, además, trasciende fronteras. Y en ese caso, luchar contra un supuesto delito puede ser imposible.

Uno de los más de 100.000 sitios web que atormentan a los Catsouras es ucranio y presenta una horrenda galería de fotografías sangrientas con todas las imágenes del accidente, en las que se ve el cuerpo mutilado de Nikki, la cabeza destrozada, los restos atrapados por el amasijo de hierros, su brazo inerte. Hay incluso un mapa en el que se detalla dónde ocurrió el accidente. Y un vídeo, falso.

La página web está registrada por un internauta que da como nombre el de Bik Ugor, con una dirección de correo británica, en una ciudad de Ucrania. Según una lista de dominios de malware, se trata de una mentira, una cortina de humo, desde la que infectar los ordenadores de los internautas con un virus, que se descarga cuando se pulsa el play del vídeo en formato AVI. Un hacker depreda el dolor de una familia para difundir troyanos. La sofisticación de la Red.

El drama de esa familia es casi de manual. En la época de lo viral, de la interconexión total de los teléfonos móviles, las cámaras fotográficas e Internet, el morbo puede crear gigantes cibernéticos. Según diversos documentos judiciales, dos agentes de tráfico de California, Thomas O'Donnell y Aaron Reich, tomaron las fotos del accidente y se las enviaron a amigos. Se propagaron por la Red como el polvo a merced del viento.

Al principio Christos, el padre, no sabía nada de esas fotos terribles. Hasta que días después de la muerte de su hija recibió un correo. El mensaje: "¡Holaaaa papi! ¡Aún estoy viva!". La foto: la cabeza destrozada de su hija. Nikki, muerta a los 18 años, se convirtió en una presencia viral en la Red. Se la conoce como "la chica del Porsche". En otras páginas se dice: "Nikki Catsouras... demostró, de nuevo, que las mujeres no saben conducir". Sus fotos aparecen en páginas gore. La tecnología las mantiene siempre en circulación. El morbo les da fuelle.

Humillado y mortificado, su padre contactó con Michael Fertik, fundador de la empresa ReputationDefender, creada para lavar la imagen de los internautas. "Comenzamos retirando bastante contenido relativo a esas fotos", explica Fertik. "Era una tarea laboriosa, pero en unos tres años logramos que las fotos se retiraran de más de 2.500 páginas web. Aquello evitó que las imágenes se propagaran de forma rápida al principio del caso".

Sin embargo, la labor de Fertik entró en conflicto con la de los abogados que representan a la familia en los juzgados de California. Éstos le aconsejaron a los Catsouras que denunciaran a los agentes que tomaron las fotos. Fertik sabía que nadarían contracorriente: el caso aparecería en los medios de comunicación, la prensa informaría de él, todo el mundo sabría de la existencia de esas fotos.

"Le explicamos a la familia que la cobertura nacional haría casi imposible controlar el problema, como ha sucedido. Después de ir a juicio, las fotos se propagaron por la Red a una velocidad increíble. Éste es un caso extremo, muy particular, y la familia tuvo que tomar una decisión seguramente dolorosa, en su búsqueda de justicia", explica Fertik. "Al principio tuvimos mucho éxito controlando el problema".

Christos Catsouras decidió demandar al cuerpo de policía de tráfico de California, por violar la intimidad de la familia, por negligencia y por daños emocionales, entre otros cargos. En marzo de 2009 el juez Steven L. Perk de la Corte Superior de Orange County desestimó la demanda. Admitía que la conducta de los agentes era "totalmente reprobable", pero que la libertad de expresión y el derecho a la información prevalecían sobre el dolor de la familia.

"Esa suele ser la norma en este país", dice Rebecca Jeschke, portavoz de la organización Electronic Frontier Foundation, que, entre otras cosas, apoya una legislación que proteja el derecho a la libertad de expresión de la Red.

"El hecho de que a alguien no le guste un tipo de discurso no justifica que se deba retirar de un medio. En instancias como ésa, nosotros recomendamos hablar con los administradores de esas páginas. Si ese intento no es fructífero, entonces recomendamos que las personas agraviadas creen su propio contenido web para sepultar la información negativa".

"Es muy importante estar alerta", explica Fertik, cuya empresa, ReputationDefender, limpia contenido nocivo en la red por una tarifa de entre ocho y 12 euros mensuales. "En cuanto se detecte una información que pueda ser nociva, es muy importante actuar. Hay que atajar los problemas pronto, así es más fácil contenerlos. Y es importante ser consciente de qué se dice de uno en la Red. Hay que tratar Internet como un currículo, como una tarjeta de presentación".

Es un consejo que les hubiera venido muy bien a Jane y Nancy (nombres supuestos, pues las dos mujeres quieren mantener su anonimato), dos licenciadas en leyes por la exclusiva Universidad de Yale. Sus nombres verdaderos comenzaron a ser moneda de uso corriente en el sitio web AutoAdmit, un foro de debate para el uso de estudiantes de derecho de EE UU. Entre 2005 y 2007 se dijeron cosas de ellas no aptas para todas las sensibilidades: "Una zorra estúpida ingresa en Yale... No os la tiréis, tiene herpes...".

Un estudiante con el seudónimo Patrick Bateman (nombre ficticio, del protagonista de la novela American psycho) colgó en el foro una carta falsa, supuestamente dirigida a "los profesores de Yale". "Una alumna de la promoción de 2009, tiene por padre a un delincuente que robó dinero", decía. Otro envió una carta a un bufete de abogados que le ofreció un contrato de verano a Nancy: "Es cierto que dispone de un buen pedigrí académico, pero hay información preocupante sobre ella en la Red", y adjuntaba diversos links en los que se calificaba a la estudiante de poco menos que de prostituta.

En sus demandas, las dos mujeres identificaron a uno de los acosadores: Matthew C. Ryan, "estudiante de licenciatura en la Universidad de Tejas". Llegaron a un acuerdo extrajudicial con los acosadores, retiraron los cargos y no quieren tener más contacto con los medios.

"Los rumores son como el cáncer", explica Daniel Solove, gurú de asuntos de privacidad y profesor de derecho en la Universidad George Washington. "Si son lo suficientemente morbosos, se pueden difundir de forma muy rápida. Y si se difunden, son muy difíciles de eliminar". Solove es autor del libro El futuro de la reputación: cotilleos, rumores y privacidad en Internet, publicado en EE UU, en el que demuestra cómo el torrente de información libre de la Red "puede dificultar la libertad y el desarrollo personales".

"A menos que se establezca un equilibrio entre derecho a la intimidad, libertad de expresión y derecho al anonimato, corremos el riesgo de que la libertad de Internet nos haga menos libres", explica. La naturaleza transnacional de la Red complica, además, las cosas: "Algunos países tienen leyes más protectoras que EE UU, pero otros no. Puede ser difícil, además, comunicarse con administradores de otros países que no hablen el mismo idioma de uno".

Entre los países que más empeño ponen en proteger al ciudadano frente a los excesos de la Red, está España. La Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), una de las pocas que disponen de capacidad sancionadora en el mundo, recibe numerosas quejas al respecto y toma medidas en casos en los que el internauta pueda resultar perjudicado.

"Particularmente, es cada vez mayor el interés mostrado por los ciudadanos para que sus datos personales no aparezcan en los índices o resultados que ofrecen los motores de búsqueda en Internet, a partir de los datos identificativos de una persona", explica Artemi Rallo, director de la Agencia.

"Casos vinculados a despidos laborales por informaciones publicadas en redes sociales, informaciones relativas a prácticas de algunas empresas de selección de personal que rastrean la red para analizar a candidatos a puestos de trabajo, son algunos de los supuestos por los que los ciudadanos quieren desaparecer o restringir su presencia en la Red".

Una persona con un ordenador y una conexión a Internet ha ganado, en los últimos años, mucho poder. Así han nacido muchos blogs que pueden tumbar y han tumbado carreras artísticas y políticas. Unidos, los grupos de internautas pueden golpear con la fuerza de un ciclón.

Por ejemplo, en el caso de una mujer surcoreana cuyo perro defecó en el metro. Se negó a limpiarlo. Alguien la grabó en vídeo y en cuestión de días su vida completa estaba al desnudo en la Red. O el de Jaime Ferrero y Juan Carlos Vázquez, dos militantes de Nuevas Generaciones del PP de Talavera de la Reina, expulsados de esa agrupación después de que se crearan varios grupos de Facebook en los que mostraban fotos en las que se les veía torturando gatos.

Esas campañas de lo que se conoce como vigilancia online siguen causas más o menos lícitas, como prevenir la tortura animal. Pero, ¿qué sucede cuándo se trata de algo más personal, como las relaciones románticas o sexuales? En el sitio DontDateHimGirl.com (no salgas con él, chica) mujeres de toda la geografía norteamericana han creado una base de datos sobre unos 59.000 hombres con los que han salido. Hay todo tipo de críticas a los varones: si pagan la cena, si huelen bien, de qué hablan, si están casados o cómo son en la cama, por ejemplo.

Todd Hollis, un abogado criminalista de Pensilvania, descubrió que se había creado un perfil sobre él: "Salió con una de mis amigas... antes de que ésta se diera cuenta de que ya había salido con medio Pittsburgh... Señoras, se trata de un abogado. Parece profesional y amable, y te engatusará al contarte cómo le dio un riñón a su madre... Se cree que tiene HERPES. Manteneos alejadas". Entre los comentarios de otras usuarias: "Me contagió una ETS y salía con otras dos mujeres a la vez".

Hollis presentó dos demandas (una en Pensilvania, la otra en Florida) contra la administradora del sitio web, después de que ésta se negara a retirar los comentarios que él consideraba injuriosos. En junio de 2008 ambas partes solicitaron al juez que desestimara el caso, tras haber llegado a un acuerdo. En un correo electrónico, el abogado asegura no poder hacer declaraciones al respecto por los términos de esa resolución.

Hoy en día, no hay perfil público de Todd Hollis en el sitio web, pero sí lo hay de otros 59.000 hombres que probablemente no saben lo que se dice de ellos en esa ingente base de datos sentimentales y sexuales.

Antes de que se desestimara, en ese caso se debatía, además, la responsabilidad que tienen los administradores de un sitio web sobre lo que publiquen sus usuarios. En EE UU, según la Ley de Telecomunicaciones de 1996, ninguna. Esa norma, en su Título V, establece: "Ningún proveedor o usuario de un servicio informático interactivo será considerado como el difusor o autor de cualquier información difundida por otro proveedor de contenido informativo". Es decir: el cartero no es responsable de los contenidos de las cartas.

En ese sentido, para la familia de Nikki Catsouras, encontrar a quien difunde las fotos de su hija mutilada es como buscar fantasmas. Los administradores de las páginas web son sólo mensajeros. Google y los demás buscadores sólo acumulan información recabada por otros. En marzo de 2008, después de que el juez desestimara la demanda contra la policía de tráfico, creían que iban a tener que vivir para siempre con esas imágenes pululando por la Red, a la vista de todos.

Hasta el pasado 29 de enero, en que sus apelaciones resultaron exitosas. La juez Eileen C. Moore, del tribunal de apelaciones de Santa Ana, en California, emitió la siguiente opinión: "La diseminación de las imágenes de los muertos sólo puede afectar a los vivos... Concluimos que

[los agentes de tráfico] les deben a los demandantes el deber de no difundir imágenes de los fallecidos en Internet con el fin del vulgar espectáculo... Se podía prever que la diseminación pública, vía Internet, de fotos de los restos decapitados de una niña adolescente causarían un trauma devastador para los padres y los hermanos de esa niña".

Los límites entre la libertad de expresión y el derecho a la intimidad son extremadamente difusos en la Red. El caso de Nikki Catosuras demuestra, sin embargo, que con tenacidad, se puede llegar hasta la fuente de la que surgió, por primera vez, esa información dañina, devastadora, macabra. Sus fotos siguen colgadas en la Internet. "Ahora el caso se decidirá en los tribunales, dado que la juez Moore ha decidido que debe ser admitido a trámite. Las vistas comenzarán en los próximos meses".