jueves, 11 de octubre de 2012

Beneficios personales legales, pero inmorales / Elsa González *


Los periodistas vivimos tiempos de sacrificio y humillación.

Es una época dura e incierta, que pone a prueba a la profesión y a la propia sociedad.

Las redacciones merman progresivamente. La reducción de plantillas se aplica sin tregua y, progresivamente, los periodistas veteranos van desapareciendo de los medios de comunicación. Todo empezó con las prejubilaciones de RTVE con apenas 52 años. Ahora, esa política “antiseniors” se ha generalizado.

No se trata de ningún bucle melancólico, ni nostálgico. Están hurtando la sabiduría del talento y de la experiencia, rompiendo la cadena de aprendizaje del oficio, propio de profesionales con criterio y fuentes, capacitados para ejercer esa misión de contrapoder que posee la prensa.

Y la gran perjudicada es la sociedad. Esa sociedad civil adormecida que debiera velar también por quien posee la misión de vigilar el poder para asegurar la democracia.

Internet ha propiciado una revolución estructural que nos ha situado en una nueva Era de la Sociedad de la Información. Se han movido los cimientos del organigrama mediático que destiló el siglo XX. La crisis económica ha hecho todo lo demás.

Pero, hay muchos actores en este drama. Algunos con importantes dosis de responsabilidad.

Los editores reaccionaron, seguramente, tarde y con escaso juicio e imaginación a la transformación digital. El modelo de negocio sigue pendiente. Y la información de calidad precisa inversión.

El plan de recortes no conlleva proyectos alternativos de futuro, nuevos y sólidos. Las apuestas novedosas proceden de periodistas que optan por el autoempleo, el trabajo freelance o la colaboración especializada.

Es verdad que no somos totalmente inocentes. Muchos periodistas se resistieron al cambio, a la flexibilidad profesional, siguieron aferrados al paraguas protector de una empresa que se deshace de su mayor patrimonio: la calidad de su producto informativo, a través de corresponsales o de equipos de investigación.

La crisis ha dejado en evidencia a gran parte de los gestores que no gobiernan la comunicación como una industria diferente. Editores que se han rendido a la servidumbre de la audiencia o de la caja y anteponen los beneficios a la ética. Beneficios personales elevados, legales pero inmorales.

Profesionales del periodismo metidos ahora a gestores, que aportaron libertad, pluralidad y aire fresco en una sociedad anclada en hechuras de dictadura, se refugian en declaraciones cargadas de arrogancia. Afirmaciones que atentan contra la dignidad de los trabajadores, que han hecho posible esa marca de referencia, y faltan al respeto de la ciudadanía que cree en un periodismo riguroso, humano y veraz. 
 
(*) Presidenta de la FAPE

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