domingo, 14 de octubre de 2012

Periodistas, especie protegida / Francisco Muro de Íscar

En los últimos cinco años han desaparecido más de 60 medios de comunicación y 8.000 periodistas han perdido su trabajo en España. Hay muchos más en la puerta de salida del mercado laboral, porque la crisis está poniendo a las empresas periodísticas en graves dificultades. 
 
   La solución ha pasado, primero, por una reducción de los salarios de los profesionales, por la precarización del trabajo, por retrasar el pago de las nóminas, por EREs y, en muchos casos, por el cierre del medio, a veces sin indemnización o sin poder cobrarla. Algunas empresas están haciendo enormes esfuerzos por mantener su plantilla porque saben que reducirla es bajar el nivel de calidad del medio. Y eso, al final, acaba mal.

   El presidente de la Abogacía, Carlos Carnicer repite siempre que "sin abogados no hay libertad ni justicia". Sin periodistas, tampoco. Aunque muchos crean que los nuevos medios de comunicación, principalmente internet, van a acabar con la prensa escrita, hoy son los periódicos, y en menor medida la radio y la televisión, con sus indudables errores, los que ostentan la credibilidad, los que investigan, los que denuncian los escándalos y las tropelías de políticos o empresarios, los que obligan a actuar a los jueces. Sin una prensa libre y de calidad no hay libertad y seguramente tampoco puede haber democracia porque los poderosos no encontrarían nadie que se enfrentara a ellos.

   Es cierto que la excesiva politización de los medios o la dependencia de algunos respecto de determinados intereses, limita, en muchas ocasiones, ese papel fundamental. Pero, al igual que no hay un sistema mejor que la democracia imperfecta que tenemos, la calidad y pluralidad de la prensa garantizan el ejercicio democrático de la libertad, la denuncia de sus violaciones y el control de los poderes públicos. 

   Esta sociedad necesita buenos profesores, buenos médicos, buenos juristas, buenos políticos y buenos periodistas. Pero resulta que a los profesores les han quitado su autoridad, los médicos están emigrando a otros países, los juristas no pasan por su mejor momento, los políticos están en el peor y los periodistas parecen una especie en extinción progresiva.

   Sin esos periodistas que se juegan la vida en Siria, en Afganistán, en Cuba o en muchos países de África, no conoceríamos nunca la realidad -incompleta, insuficiente, tal vez parcial, pero real, imprescindible- de los abusos de los poderosos y de las violaciones de derechos humanos. 

   Sin los profesionales que cubren las manifestaciones, tampoco conoceríamos los excesos de unos y de otros. Sin la crítica, sin esos periodistas que investigan negocios o fraudes, muchos asuntos no acabarían en los juzgados. La buena información es muy cara. Sin buenos periodistas, en número suficiente y razonablemente pagados, eso está en riesgo. Si el llamado cuarto poder se hunde, perderemos todos. Si ustedes se encuentran mañana en su camino a un periodista, párense y salúdenle efusivamente. Tal vez están asistiendo a la desaparición de una especie que debería ser protegida. Por el bien de todos.

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