domingo, 4 de noviembre de 2012

Periodismo: tiempo de intrusos / Rafael de Loma

El descalificativo intrusismo se pone de moda cíclicamente en diferentes profesiones, aunque no en todos los casos con el mismo énfasis, la misma intolerancia, la misma gravedad. Un intruso en la profesión médica se puede cargar a una persona equivocándose de antibiótico o de instrumental quirúrgico. De ahí que la ley sea rigurosa en los casos en que unos indocumentados juegan osadamente, y con afán de lucro, con la salud de las personas No digamos un bombero, clandestinamente intruso, la que puede liar si enchufa su manguera a la gasolina en vez de enchufarla al agua.

Queda claro, entonces, que la represión de la práctica del intrusismo se aplica en función de su capacidad destructiva. El periodismo, por ser una profesión de tanto eco social, cuenta con millones de advenedizos, que son como excrecencias adiposas que se pegan a la piel de las noticias y las dejan secas de credibilidad. Estamos hasta arriba de intrusos. Los tenemos de todo tipo: procedentes de otras profesiones, creyentes de las nuevas tecnologías, aventureros de las letras, navegantes del analfabetismo? Están por todas partes, pero suelen poner sus huevos preferentemente en las redes sociales.

Los intrusos del periodismo tienen una ventaja sobre los intrusos de, por ejemplo, la cirugía. Aquí, la falta de profesionalidad consiste en el escaso rigor informativo, en la ausencia de datos fiables, en el pésimo estilo redaccional, en los sucesos inventados o exagerados, o sea en pequeños e inofensivos detalles sin importancia. 

Total, el periodismo está tan cuestionado, tan vapuleado, que nadie se molesta en discernir si ciertas informaciones relevantes son elaboradas por periodistas profesionales o por gente advenediza que juega a la prensa sin tener ni puta idea de lo que es la prensa. 

Ahora, la moda del intrusismo se ha posado en nuestra profesión. Vivimos tiempos de mentiras y exageraciones. Nadie va a ir a la cárcel por informar de una noticia que ha resultado incierta. Ser falaz es gratuito. Si me apuran, es hasta rentable. ¿Para qué molestarse en investigar, verificar, contrastar una noticia si con una filtración de 140 caracteres puedes crear tu propia verdad informativa, no importa si contaminada o no de intereses creados? 

Las redes sociales son el santuario moderno donde se oficia sin el más mínimo pudor la ceremonia de la confusión informativa.

Hablamos de crisis en el periodismo, de crisis profunda, de la peor crisis de la historia. Los despidos masivos de periodistas son el pan –o, mejor, la falta de pan- de cada día. Estamos entre los colectivos más castigados por la puñetera política de ajuste que está reduciendo a España a un país de tercera división, y en lugar de salir huyendo lo convertimos en un tema recurrente y de fatal atracción. ¿Qué extraño fenómeno ocurre, entonces, para que, siendo un oficio denostado, acosado, vituperado, siga proporcionando estadísticamente el mayor número de intrusos del resto de las profesiones? ¿Qué tendrá esta vieja profesión?

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