domingo, 16 de diciembre de 2012

El futuro del Periodismo / Joaquín Vila *

Por mucho que se hable del sector inmobiliario, del automovilístico y de tantas y tantas empresas de todo tipo, el Periodismo es una de las profesiones que con más dureza sufre la crisis.

Los grandes periódicos de papel, tanto en España como en el resto del mundo, han visto menguados sus ingresos al tiempo que sus lectores a una velocidad estrepitosa. Las toneladas de rollos de papel, la producción con sus gigantescas y costosas máquinas cual dinosaurios de metal y la distribución por tierra, mar y aire requieren una inversión astronómica. Las platillas, en muchos casos, eran desorbitadas y la publicidad, que viene a suponer el 60 o el 70 por ciento de los ingresos, se ha esfumado por la maldita crisis. Las empresas no están para anunciarse a los precios astronómicos que costaban los anuncios en las páginas de estos periódicos.

Los lectores desaparecen por la crisis, por la edad y por el escaso interés que empiezan a tener estos medios, pues en buena medida están elaborados por becarios mal pagados y sin experiencia, mientras salen por la puerta los santones del periodismo, los pesos pesados, los mejores analistas de la información pertrechados malamente de finiquitos, indemnizaciones y Eres a mansalva para intentar sanear las cuentas ruinosas de las empresas.

Las nuevas generaciones, para colmo, no tienen el hábito de comprar periódicos y las ventas de ejemplares se despeñan por un precipicio sin fin. Los últimos datos de la OJD demuestran que nunca se habían vendido tan pocos periódicos en las últimas décadas. El “boom” del periodismo impreso se ha pinchado sin remedio. Por la antigüedad de las noticias y la menguada calidad de su redacción. Sólo un periódico de calidad, el llamado “quality paper” con analistas de altura, informes elaborados por expertos y una elaboración exquisita podría salvar el sector. Algunos diarios van tirando ante la opinión pública porque mantiene equipos de investigación que levantan noticias; sobre todo, las corruptelas políticas. Pero en lo económico, ni por ésas.

Las radios, unas más que otras, van aguantando la crisis a medida que reducen drásticamente sus plantillas y elaboran programas propios. Algunas tienen éxito y mantienen un número de oyentes capaz de aguantar el chaparrón, generar publicidad e influencia. Aunque muchas han cerrado programas y otras se han visto obligadas a vender todo el aparataje al mejor postor. La apuesta de ABC, sin ir más lejos, por su radio ha terminado en un fiasco y en pocos días se volatirizará. La Cope ya ha comprado todos sus postes.

Las televisiones son un caso aparte. También sufren en sus carnes de plasma la crisis. Pero las privadas, entre programas rosas o púrpuras y concursitos de tres al cuarto van aguantando el chaparrón Pero, ¿qué más da si tienen a Belén Esteban de estrella? Mientras, el terreno en cuanto a calidad e influencia se lo están ganando las televisiones de tdt, que con unos presupuestos ajustados, unos ejecutivos espabilados y un plantel de periodistas inteligentes suben como la espuma. El caso de TV 13, de la Conferencia Episcopal, es el mejor ejemplo.

Las televisiones públicas, en cambio, están en la ruina. Primero porque han llenado los pasillos de amiguetes y capataces políticos. Con unas plantillas descomunales y unas pretensiones que ni la CNN, los presidentes y consejeros de los gobiernos autonómicos han utilizado el escaparate audiovisual para aparecer bien peinados , ataviados con sus mejores galas con el único propósito de hacer propaganda política e intentar arañar votos sin pudor aquí o allá durante las 24 horas del día. Bueno, y salir relucientes. Pero el descarado “marketing” político ha estallado en mil pedazos. Pues no hay presupuesto que aguante tanto despilfarro y tanta corbata de seda.

Y, ruinas aparte, la manipulación informativa, en muchos casos, ha sido una vergüenza para la profesión. La televisión, o mejor el puñado de televisiones y radios dependientes del Gobierno catalán, por ejemplo, han acaparado la audiencia escupiendo sin parar sus eslóganes independentistas y hasta delictivos. Pero, como dijo una ministra de Zapatero, el dinero público no es de nadie. Bueno, en este caso, ha sido de los presidentes autonómicos para soltar sus bobaliconas proclamas en todas las pantallas de su región. Y ahí está el agujero que han dejado en las arcas. Algunas, como Telemadrid, han tomado cartas en el asunto y, o la privatizan, o la reducen en un 90 por ciento.

Y luego está el futuro, o ya el presente, de los periódicos digitales e Internet en general que, sin duda, están ganando la batalla de la información de una manera apabullante, con millones de lectores en todo el mundo, aunque todavía les (nos) queda un largo camino por recorrer. Con unos costes reducidos y unas ventajas en agilidad, velocidad y universalidad, la información se publica al instante y sin intermediarios ni presiones.

Como decía en esta misma columna al comienzo de El Imparcial, el periodismo ya le ha ganado la batalla a sus dos grandes contendientes: la censura y el tiempo. Los ha engullido como un agujero negro al colarse por la invisible e infinita red de Internet. Brinca desde los satélites con toda su potencia, con toda su carga de libertad e inmediatez. Porque aquí cabe todo y en directo, al instante, sin barreras: la imagen del acontecimiento, las voces de los protagonistas que mueven el mundo, las crónicas todavía calientes, las opiniones más independientes, el análisis de los hechos.

Stephen Hawking descubrió que la densidad infinita de todo el Universo cabía en una cáscara de nuez en el instante antes de la gran explosión, antes de que la vida se expandiera por el espacio camuflada en el fuego de las estrellas. Hoy, 14.000 millones de años después, vivimos el "Big bang" del periodismo: las galaxias de letras e imágenes recopiladas a lo largo de la Historia, hasta las escritas hace un segundo, adelgazan como el humo y viajan a velocidad de vértigo por la malla de Internet para llegar a su meta.

La libertad de expresión llega imparable a todos los rincones de nuestro planeta. Pero ahora, a velocidad de vértigo y sin obstáculos. Toda la información del mundo, y para todo el mundo, cabe en una cáscara de nuez, o en una pantalla de ordenador.

Sólo falta que, pese a la crisis, la publicidad se adapte y asuma la potencia e influencia de los millones y millones de lectores de los periódicos digitales. Es ya el presente y, desde luego, el futuro de las información, del Periodismo.

(*) Director de El Imparcial, Madrid

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