domingo, 31 de marzo de 2013

Quién es más periodista que quién / Rafael de Loma

Clark Gable es el editor jefe de un exitoso tabloide. No tiene la carrera de periodista. Es un profesional hecho a sí mismo en el ejercicio práctico diario, y catapultado, por sus méritos, al puesto de máxima responsabilidad de la redacción. Doris Day, por su parte, es una prestigiosa y teórica profesora de Periodismo de la Universidad. El editor jefe considera el periodismo como un escaparate de todo lo desagradable y escandaloso que ocurre, lo que genera sangre, violencia y sexo; lo que alimenta el morbo social y aumenta las ventas. 

Ella entiende, por el contrario, que la prensa asume un papel transformador en la sociedad, unos valores morales y una finalidad crítica para que el mundo sea mejor. Ella es una teórica del periodismo considerado éste como contrapoder, como paradigma de la deontología y la ética, pero no ha pisado una redacción en su vida. Él no ha estudiado jamás, pero ha echado los dientes peleándose con las noticias. Ambos tienen un gran prestigio en sus respectivos campos de actuación. Ambos detestan los métodos del otro.

Como se trata de una película, el viejo zorro se enamora de la joven universitaria y se matricula en las clases de ella. No les cuento más del argumento de la película, que en su versión original se titula «The Teacher´s Pet» y en su versión española «Enséñame a querer». 

Se trata de dos modos muy diferentes de entender una misma profesión, si bien en algunos casos, y cada vez más, ambos litigantes cruzan sus líneas rojas y entran en las del contrincante. Periódicos sesudos, críticos, prestigiosos, caen alguna que otra vez en la tentación del amarillismo creyendo que todo puede valer para defender la verdad, incluso la propia mentira.

Al margen de las dos concepciones diametralmente opuestas de elaborar un producto de contenidos ideológicos y pasionales, en las redacciones suelen coexistir periodistas procedentes de la Universidad y periodistas que aprendieron desde abajo sin más formación que la adquirida picando teletipos, haciendo los trabajos más sucios y trabajando más horas que nadie. Sin embargo, no siempre los titulados son mejores. 

Nuestro país ha sido por tradición muy dado a la titulitis. Ha habido varias épocas de persecución de quienes no tenían carnet. Si no lo tenías, no eras periodista. Y los mayores inquisidores eran los propios compañeros. Tengo a gala haber combatido en «Sol de España», desde mi puesto de director, la discriminación entre los redactores que, por las circunstancias que fueran, no tenían el carnet oficial, y los que gozaban de titulación. Puesto a decidir, en circunstancias de igualdad y valía profesional, siempre me he inclinado por el que ha hecho la carrera universitaria. Por supuesto. Añade una garantía cultural y formativa muy necesaria. 

Pero no siempre se da esa igualdad. El jefe de Deportes que nombré no tenía estudios, sólo un pasado duro de universidad callejera. Pero tenía olfato periodístico, capacidad de decisión, espíritu crítico y conocimientos adquiridos en puestos inferiores, que superaban con creces al equipo bajo su mando, por cierto, licenciados en Periodismo y encantados de trabajar a sus órdenes. No todo el mundo ha entendido mis decisiones en este y en otros casos. ¿Un título garantiza ser un buen periodista? ¿Quién es más periodista que quién?

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