domingo, 31 de marzo de 2013

Ryszard Kapuscinski sobre fotografía

Todo empezó hace mucho tiempo, cuando descubrí que, para mi desgracia, no poseía aptitud alguna para el dibujo. Me di cuenta de ello en el colegio, con ocasión de mi primer suspenso en manualidades. Mis compañeros de clase pintaban unos bellos pájaros, nubes y estrellas, y yo ¡nada! Mis casas no parecían casas, mis árboles no eran árboles. Recuerdo llorar con impotencia encima del dibujo que el maestro depositó disgustado sobre mi pupitre, observando cómo mis lágrimas convertían aquella acuarela torpe en un conjunto de grandes manchas de color.

Pensé entonces que había cosas extraordinarias sucediendo a mi alrededor –cosas que aparecen para irse enseguida, tras breves instantes de existencia– sin que yo fuera capaz de retenerlas o registrarlas. Veía el bosque, los campos de cereales, las flores y, sobre todo, los rostros de mis padres, de mis compañeros, primos o vecinos, soñando con poder dibujarlos un día y de este modo preservarlos por toda la eternidad. El mundo pasaba por delante de mis ojos para hundirse a continuación detrás de un horizonte invisible, dejando en mi memoria una leve huella, que no tardaría en difuminarse y desaparecer. Aquello sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, en una aldea pobre de la periferia de Varsovia. No sabía entonces que mi falta de talento tenía un remedio, que uno no podía rendirse tan fácilmente sin antes buscar una solución.

Una pequeña cámara Zorki

Opté por dedicarme a otras cosas hasta que, varios años más tarde y terminados mis estudios universitarios, cuando trabajaba como reportero en el periódico juvenil «Sztandar Młodych», se me comunicó que sería enviado a la India (porque fue en la India donde me inicié en el Tercer Mundo). En aquella época el puesto de reportero gráfico en nuestro periódico lo cubría un colega algo mayor que yo, Janusz Zarzycki, que había trabajado como periodista antes de la guerra. Al cruzarse conmigo en un pasillo, Zarzycki me me dijo:

-Te vas a la India, ¡toma fotos sin falta!
 
Excitado por la perspectiva del viaje, no había recapacitado sobre ello. Además, no sabía hacer fotos ni tenía cámara. En aquella época, una cámara fotográfica era un objeto inalcanzable.

Corría el año 1956 y la ciudad de Varsovia contaba, según recuerdo, con una sola tienda de equipos fotográficos, situada en la calle Nowy Swiat, cerca de Aleje Jerozolimskie. Pequeña y estrecha, solía estar desierta: la mercancía escaseaba y la gente no tenía dinero. Además, quien fotografiaba atraía sobre sí la atención de la policía. ¿Qué es lo que fotografía? ¿Por qué? ¿Para quién? Era mejor no complicarse la vida.
 
Pero un día Zarzycki me prestó dinero y me acompañó a aquella tienda para comprar una pequeña cámara Zorki, una copia rusa de la Leica alemana. Después fuimos al parque de Łazienki, donde asistí a mi primera clase de fotografía. Zarzycki me explicó las funciones del diafragma y del obturador y la correlación existente entre estos y la sensibilidad de la película. Me aclaró el uso de los filtros amarillo y verde, cuál es la mejor luz de día, qué son la profundidad de campo y la apertura del objetivo o cómo fotografiar el agua, las montañas o la nieve. Me enseñó otras muchísimas cosas, a lo largo de las numerosas clases que siguieron.

Las «víctimas» miran sorprendidas

Aun así, mis primeras películas tuve que tirarlas: las imágenes estaban movidas, porque me temblaban las manos por la emoción, sin que lograra controlarlo. En aquellos tiempos cada rollo de película valía su peso en oro, ya que el acceso a este bien escaso era limitado y estrictamente controlado, de modo que Zarzycki se ponía nervioso: ¿cómo justificaría estas pérdidas?

Siguiendo las instrucciones de Zarzycki comencé por fotografiar un árbol (un viejo roble), después una mata de arbustos que había junto a este y, finalmente, una alta valla metálica. Pero este fue solo el principio. Según los preceptos de la escuela de reportaje fotográfico en que se había formado mi mentor, una fotografía tiene que representar a un ser humano, ya sea un retrato, una silueta o un movimiento. Podía tratarse de un hombre solo, un grupo de personas, una muchedumbre o una escena. Zarzycki toleraba los paisajes, si bien no los consideraba un ideal; para él, fotografiar implicaba encontrarse cara a cara con otro ser humano y creía que el único modo de salir ganando de este encuentro –que a la vez constituía un duelo– era salir con una fotografía bien hecha. Más tarde supe que mi profesor tenía razón sólo parcialmente. La mitad de las maravillosas fotografías realizadas por los maestros de la talla de Mario Giacomelli o Werner Bischof no son retratos ni escenas costumbristas, sino naturalezas muertas y paisajes.

Después de varias clases, Zarzycki me llevó al estadio del Legia, el principal equipo varsoviano de fútbol, donde fotografiaría los rostros de los hinchas, llenos de excitación o éxtasis, admiración o ira, alegría o furia. No disponía de teleobjetivo ni de «zoom» y, con la distancia que nos separaba del público –los dos nos encontrábamos de pie en la pista del estadio–, no podía ni soñar con obtener un retrato nítido.
 
Sin embargo, al dirigir mi objetivo hacia las caras de la gente, noté la mirada sorprendida de las «víctimas», desconfiadas y preocupadas, como si se preguntaran: ¿qué es lo que este (léase, el fotógrafo) va a hacer conmigo (es decir, con mi retrato fotográfico)? El objetivo dirigido hacia un rostro y la reacción de la persona que se ve fotografiada por sorpresa me hicieron darme cuenta de que en realidad nos creemos transparentes, descubiertos y desnudos, y que todo nuestro interior, el alma entera, se refleja en nuestros rostros y ojos. Al vernos sorprendidos por alguien fotografiándonos sin que hayamos tenido tiempo de prepararnos, protegernos, ponernos una máscara y posar, nos sentimos como si el fotógrafo nos pillara con las manos en la masa.

Sacar arroz del barro

Volví de la India vía Pakistán y Afganistán. En el aeropuerto de Kabul me quitaron los negativos sin revelar. Detrás del barracón que albergaba las oficinas del aeropuerto había gente calentándose junto a una hoguera. El soldado sacó las películas de mi bolsa y las tiró al fuego. Se salvaron solamente dos rollos, que llevaba ocultos en un bolsillo de la chaqueta.

En aquella época no existía todavía el sistema de autofoco, ni siquiera contaba con un fotómetro y, al haber seguido al pie de la letra las instrucciones de Zarzycki («pon siempre 8 por 125»), las fotografías, tomadas con el sol radiante de la India, resultaron todas sobreexpuestas. Únicamente salió bien una imagen, en la que unos niños hambrientos sacaban apresuradamente del barro unos granos de arroz. Tomé aquella fotografía cerca de Calcuta, en la provincia de Bengala, que asolada por lluvias torrenciales, sufría los efectos de una terrible hambruna. La situación representada en la imagen era trágica, pero al coger la fotografía en la mano sentí una gran alegría. ¡Sí! He conseguido crear una imagen, retener por una fracción de segundo la eterna carrera de la vida y mostrar su imagen a los demás. Gracias a esta fotografía surgió una especie de comunidad entre aquel corro de niños y yo: eran «mis» niños, porque fui yo quien les dio esa vida en blanco y negro, inmovilizada por el encuadre.

Aunque más tarde realizaría miles y miles de fotografías, rara vez dudé sobre la autoría de alguna de ellas. Recuerdo instantáneas tomadas hace treinta años y sé perfectamente cuándo y en qué circunstancias las hice y a quién representan. En esta, por ejemplo, unas personas transportan en bicicleta plátanos al mercado. Esta otra fue tomada en una zona próxima al lago Nyassa, en Malaui, en los años 60. Y esta representa a unos perros salvajes en el desierto de Atacama. Chile, año 1970.
 
¿Cómo se genera este vínculo tan estrecho entre el fotógrafo y la imagen? Pues se debe a que tomar una buena fotografía implica un esfuerzo y una vivencia similares en intensidad a los que acompañan el nacimiento de un buen poema. Requiere concentración, perseverancia e imaginación similares. Por eso, al igual que el poeta siempre reconocerá sus versos, el fotógrafo sabrá identificar sus instantáneas.

El sudor del mozo de equipajes

Aprendí fotografía lentamente, a lo largo de los años, siguiendo un camino en el que abundaron las equivocaciones, los fracasos y las decepciones. Alguna vez me topé también con obstáculos técnicos: se ha bloqueado el obturador; la película no avanza automáticamente; se ha agotado la batería del fotómetro. Sin embargo, había una dificultad más básica: soy incapaz de reunir material para un relato periodístico o reportaje y fotografiar a la vez; no sé simultanear la actividad de reportero con la de fotoperiodista. En mi caso, se trata de dos facetas totalmente separadas, que se excluyen mutuamente, y se debe a que como reportero y como fotógrafo veo el mundo de dos maneras distintas, busco otras cosas, me concentro en otros aspectos de la realidad.

Al recoger material para una noticia, como reportero, hablaré con el jefe del clan, me interesarán sus opiniones, ideas, sensaciones y pensamientos. En cambio, en caso de visitarlo como reportero gráfico, me interesarán aspectos distintos, como la forma de su cabeza, los rasgos de su cara, la expresión de sus ojos o la curvatura de labios. Cuando visito una ciudad extraña, como reportero, acudo a las direcciones que me han recomendado, busco contactos. Como fotoperiodista, en cambio, observo la arquitectura de las casas, los rayos de sol al deslizarse por la plaza, las gotas de sudor que corren por las sienes del mozo de equipajes y su frente irradiando un resplandor húmedo y vibrante. Si aplico el filtro verde amarillo, ese fulgor cobrará claridad y nitidez.

Fila kilométrica

Otro problema consiste en que, al encontrarnos siempre a merced de otras personas, no podemos fotografiar mucho porque no hay tiempo. Nuestros benefactores generalmente tienen prisa: si es un conductor, correrá a romperse la crisma, negándose a parar, mientras nosotros, desesperados, observamos miles de escenas extraordinarias pasar por delante de los ojos sin que podamos captarlas. Una vez en Zambia, yendo desde Lusaca a Kitwe, vi una fila kilométrica de niños, cada uno portando una pirámide de ladrillos sobre la cabeza. Parece que los pequeños estaban trasladando su escuela de una aldea a otra. Supliqué al conductor que parase, preparando la cámara, pero él solamente rezongó y siguió adelante. Sería incapaz de contar todas las oportunidades perdidas para siempre.

Hay, finalmente, un obstáculo más: se trata de mi humor cambiante. Porque para tomar fotografías se necesita estar de humor, tener ganas, voluntad, entusiasmo. Una buena imagen requiere a veces haber recorrido varios kilómetros o haber esperado varias horas, y en el calor tropical las fuerzas flaquean, falla la perseverancia. En ocasiones sucede que nuestra desgana no tiene una causa clara. Durante la revolución de Irán pasé algunos meses en ese país sin tomar una sola fotografía, a pesar de tener conmigo varias cámaras. ¿Por qué? No lo sé. En cambio, la revolución etíope la reflejé en centenares de imágenes, que más tarde expuse en Varsovia y Budapest. Nunca sé cuál de mis viajes fructificará con nuevas fotografías: siempre es una incógnita, un interrogante y un misterio, hasta para mí mismo.

El eterno problema

La fotografía es una aventura, pero se trata de una aventura difícil, que requiere paciencia, sensibilidad, tacto, concentración y atención. Al mirar el mundo por el visor de la cámara, elijo encuadres, compongo imágenes, me pregunto qué alcanzaré optando por un motivo u otro. También tengo que decidir qué película emplear: ¿blanco y negro o color? Es el eterno problema. Hace años usaba el blanco y negro, hoy recurro al color. Cada opción lleva aparejado un efecto determinado: el blanco y negro es más «serio», sofisticado, artístico, extrae los valores plásticos de las formas y acentúa sus contornos, graduación y ambiente. El color implica dinamismo, diversidad, exactitud e incluso, según algunos críticos, un «exceso de palabrería».

La fotografía es, por naturaleza, sentimental, porque con cada toma captamos un breve instante de la realidad, apenas una fracción de segundo. Al ver la fotografía más tarde, somos conscientes de que el momento que representa ya pasó, de que nos estamos asomando a un pasado que ya no existe. Incluso delante de una fotografía de un niño riendo nos recorre el espasmo de la pena: el niño de la fotografía ya no existe ni volverá a existir, porque en el momento en que apreciamos la imagen el niño ya se ha hecho mayor, aunque sólo sea un día (si la fotografía fue tomada el día anterior).
 
Cada fotografía es un recuerdo, y a la vez no hay nada que nos haga más conscientes de la fragilidad del tiempo, de su naturaleza perecedera y efímera, que la fotografía. Por este motivo, al abrir mi cámara siento siempre la alegría de poder capturar con ella el tiempo que pasa, y también la tristeza, porque, pronunciadas estas palabras, tan sólo queda en mi mano un pedazo de papel tintado.

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