domingo, 29 de diciembre de 2013

Las condiciones de vida y de trabajo de un periodista español en 1995 son hoy una utopía

MADRID. Las condiciones de vida en las redacciones han cambiado mucho en los últimos años. Para comprobarlo, sólo hace falta echarle un vistazo a los convenios colectivos que regían entonces en los principales diarios españoles. Salario, tiempos de entrega, presión. Todo ha cambiado... y los plumillas señalan que para peor, como recogió en junio Alicia Rodríguez.

"No podemos seguir viviendo tan bien". En estos términos se dirigía Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo PRISA, a los trabajadores en el momento de anunciar el despido de un tercio de la plantilla del diario El País. Pero lo cierto es que en octubre, cuando pronunció estas palabras, ya hacía tiempo que el periodista español había dejado de vivir "tan bien".
Vuelos y alojamientos en Albania, Guinea-Conakri o las islas de Okinawa, con gastos pagados y dietas de 100 euros por día. Así pasaban los meses para los redactores que en 1995 se encargaban de cubrir congresos internacionales o de seguir por todo el mundo a los ministros en sus giras. Los periodistas se desplazaban donde fuera oportuno, siempre detrás de la noticia, aunque en muchas ocasiones ni siquiera llegaba a publicarse la información.
Un método de trabajo muy diferente al de nuestros días, en los que el periodista tiene suerte si puede trasladarse a cubrir una rueda de prensa a más de 10 kilómetros de la redacción sin gastar un céntimo de su bolsillo. Como ejemplo, una de las grandes cabeceras del país, que se hace cargo de la factura del viaje de ida en taxi, pero no del de vuelta. Lo mismo ocurre en una de las grandes agencias de noticias que operan en España, que entrega un billete sencillo al redactor con el que puede acudir a su cita laboral, volver corre de su cuenta.
"Ahora tenemos menos medios, estamos peor pagados, hay mayor precariedad laboral, somos más pequeñitos como sector, más humildes y más pobres", señala tajante Lluís Bassets, director adjunto de El País, que asegura que habrá que aprender a hacer buen periodismo en estas nuevas condiciones.
"En los años 90 hubo un período de eclosión de la profesión en el que el precio del kilo de periodista estaba por las nubes. De repente había medios de comunicación por todas partes y, además, se dedicaban a contratar a comunicadores por sueldos verdaderamente astronómicos en algún caso. Honorarios que, incluso hoy, no se han conseguido alcanzar", indica el veterano periodista José Yoldi
Ahora, las diferencias salariales entre los periodistas de base son mucho mayores. En 1995, un redactor de El País cobraba unos 8.000 euros anuales más que el que entraba en prácticas. Hoy se han establecido distintas categorías con salarios base muy dispares, desde los 24.000 euros de un redactor en prácticas a los 33.000 de un 'redactor D' o los 46.093 de un 'redactor A'.
El sueldo de un periodista en plantilla que comenzaba su carrera en este diario en 1995, 5.186.795 pesetas (31.173,27 euros), es prácticamente igual al actual, 33.000 euros, lo que llama la atención teniendo en cuenta que entre uno y otro han pasado 18 años y el correspondiente encarecimiento del día a día. Como ejemplo, destacar que una barra de pan hoy cuesta más del doble que en el 95, cuando rondaba las 40 pesetas (0,24 euros).
Comparando ambos convenios, resulta evidente el deterioro de la situación laboral del periodista que, mientras en 1995 cobraba 20.045 pesetas (120,47 euros) como plus por trabajar los domingos, hoy apenas alcanza los 80 euros. Y todo esto en el mejor de los casos, ya que en la actualidad muchos profesionales están sujetos a contratos de colaboración, al margen de la regulación laboral colectiva.

Periodismo desde el escritorio

José Antonio Sorolla fue director adjunto de El Periódico de Catalunya, redactor jefe en El País y corresponsal en París para ambos diarios, entre 1988 y 1990 en una ocasión, y entre 2006 y 2009 en otra. "En la segunda etapa ya no salía apenas de casa. Gracias a internet y la irrupción de las televisiones de 24 horas de información podías ahorrarte acudir a los sitios, gastabas menos y era más fácil asegurar las tres o cuatro crónicas diarias que te pedían", recuerda Sorolla.
"A finales de los 80 era más difícil trabajar sin Internet, había que ir más a los sitios y se estaba más en la calle", añade el periodista, que asegura que a la persona que se quedó en su lugar cuando él volvió de la corresponsalía en 2006, dejaron de pagarle la vivienda, la prensa diaria y los taxis.
Juan Jesús Aznárez sabe bien de lo que habla su colega. "Los corresponsales teníamos una vida bastante cómoda allá por el año 95, sin problemas para viajar, ir a hoteles cómodos, desplazarse o alquilar un vehículo", apunta el periodista, que recuerda con nostalgia su época de enviado especial en Tokio. "Podía irme una semana a Camboya o a las islas de Okinawa para hacer una historia de una página, por muy caro que fuese el viaje. Ahora no. Debemos asumir que el corresponsal, tal y como estaba concebido, va a ir desapareciendo", se lamenta Aznárez.
Por su parte, José Yoldi atribuye estos ‘recortes’ a la toma de malas decisiones. "He visto viajar en preferente a cuatro directivos a un Congreso en Moscú días después de asegurar que no hay dinero para ir a cubrir un acto", cuenta el periodista, que critica este tipo de decisiones.
"Sin duda, se trata de uno de los errores más graves que están cometiendo las empresas periodísticas", señala en relación a este tipo de 'tijeretazos' Eduardo San Martín, ex subdirector de El País y ex director adjunto de ABC. "Están ahorrando gasto donde deberían invertir, porque las posibilidades de supervivencia de la prensa pasa por ser competitivo, lo que obliga a ofrecer contenidos de calidad. Si reducen en mucha medida el gasto en contenidos, están poniendo los clavos de tu propio ataúd", sentencia San Martín.
En este punto coincide Aznárez, que advierte sobre el peligro que corre la calidad de la prensa escrita si acude demasiado a internet e información de segunda y tercera mano. "Antes no había limitaciones, lo que nos permitía trabajar con comodidad y hacer historias buenas con el tiempo necesario. Lo que en el 95 hacías en una semana, ahora hay que hacerlo en uno o dos días, obligándote a hacer mucho trabajo vía telefónica".

Periodista: el hombre orquesta

Para José Antonio Sorolla, es evidente la precariedad de la profesión en medio de una crisis que se ha cobrado ya el puesto de trabajo de 8.000 profesionales. Sólo durante 2012, 70 medios de comunicación se han cerrado en España y 3.879 periodistas han sido despedidos, según el balance del Observatorio de la Crisis de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE).
"Pese a que con la irrupción de internet las condiciones profesionales han mejorado en cuanto a la accesibilidad a las fuentes, el periodista se ve ahora obligado a ejercer de hombre orquesta: profesionales de prensa escrita tienen que escribir para la web, volcar el contenido, hacer la crónica para el papel, hacer los tuits... y todo a la vez", advierte Sorolla.
"La precariedad en el empleo es tan salvaje que permite a las empresas tratar a los redactores como si fueran empleados de una fábrica textil china. Tienes que saber escribir, subirlo a la web, hacer fotografías, etc., y no puede ser que por hacer otras cosas, lo que uno hacía bien, ahora lo haga mal", advierte José Yoldi.
Por su parte, un miembro del Comité de Empresa de El País destaca la importante pérdida de capacidad de intervención de los trabajadores en la empresa. "Hemos perdido la capacidad de influir de forma importante en el establecimiento de las plantillas, la participación al 50% en los ascensos y parte de las garantías individuales que penalizaban los cambios de turno o de libranza. Además, en 1995 el despido era poco menos que inconcebible, lo que ahora está a la orden del día, ya sea a través de ERE o de forma individual", denuncia.
Elsa González, presidenta de la FAPE, está convencida de que nunca vamos a recuperar esas condiciones laborales que tanto anhela la profesión. "Los medios vivieron una gran burbuja, como el ladrillo en el mundo inmobiliario. Fue una ilusión y ahora estamos pagando las consecuencias", reconoce González. "Es positivo que las cosas vuelvan a su ser, sin aquellas ínfulas ni aquellas cantidades de dinero. El interés por la información nunca ha sido tan elevado, por eso soy optimista de cara al futuro de la profesión", agrega esperanzada.
"La prosperidad que hemos conocido en 1995 no va a volver. No recuperaremos aquellos salarios, ni haremos esos mismos viajes, ni recibiremos las mismas ayudas. Todo será distinto. Todo será mucho más austero", remacha Aznárez.

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