domingo, 21 de febrero de 2016

Un periodista / Javier Pérez Pellón *

Lo escribió, a finales del siglo IXX, Honoré de Balzac, el inmortal autor de “La Comedia Humana”, – que las tenía todas, quizás con toda razón, contra los periodistas: “Cualquiera que haya estado dentro del mundo periodístico o del mismo forme aún parte, se encuentra en la necesidad de saludar a los hombres que desprecia, de sonreír a su peor enemigo, de llegar a pactos con las más lúridas bajezas, a mancharse las manos queriendo pagar a sus agresores con su misma moneda. Se acostumbra a ver pasar el mal a su lado sin reaccionar, se comienza con aprobarlo y se acaba con cometerlo. Al fin, el ánima, permanentemente manchada con transacciones vergonzantes, se hace mísera y esa especie de muelle-ímpetu que tenemos dentro termina oxidarse”.

Todos los que nos dedicamos, quizás por eso que llamamos vocación, palabreja que no tiene ningún significado preciso, pues todos de cuando niños queríamos ser bomberos o, en mi caso torero, tal y como ahora desearían ser Messi o Cristiano Rolando. Quizás fuera sólo la casualidad, reina madre nutriente del albear donde habitan los destinos del hombre, la que me hizo formar parte de este “mester de juglaría”, pelea de presumidos gallos incontrolados .Y van por los sesenta años, 1956 más o menos si la memoria no me traiciona, cuando leyera mi primera colaboración, fechada en París, en el vallisoletano “El Norte de Castilla”, dirigido por Miguel Delibes.

Memorias de muy lejano pasado. De muy reciente, por el contrario, es la triste noticia de la despedida de este “mondo cane” (“perro mundo”) de José Virgilio Colchero. Y ya son cuatro meses que nos falta, noviembre del 2015. Me he enterado con inesperado retraso a través del último Boletín mensual que publica la Asociación del la Prensa de Madrid. Como premisa estoy dispuesto a jurar que las invectivas de Balzac contra nuestro oficio, no rozaron, ni de lejos ¡qué envidia! a Pepe Colchero. Su honorabilidad humana y profesional no se lo hubieron permitido. “Un periodista, – escribía Indro Montanelli – , es el que redacta la noticia, el buen periodista es quien comprende cuanto escribe”. Pepe Colchero pertenecía a esta privilegiada casta. Mantuvimos una estrecha y sincera amistad. Yo infatigable reportero viajando por la redondez de la Tierra, en la mayoría de las ocasiones como enviado de la TVE nacional y otras como escribiente para diversos medios informativos de papel, y ahora en digital.

El periodista, pienso que lo mejor es que haya pasado por la disciplina académica de las aulas universitarias, debe saber un poco de todo y mucho de una cosa. Pepe Colchero sabía mucho de todo, pero su especialidad preferida eran los armamentos, él, incapaz de matar una mosca y dudo mucho que supiera manejar un arma, como no fuera la escopeta de perdigones del “pin, pan, pun” de las casetas de feria. Sabía, con absoluta precisión de que calibre eran los portamisiles del Pacto de Varsovia que apuntaban contra los otros europeos de la OTAN. Y al contrario. Yo, que de estas cosas no he entendido ni una jota, lo admitía como artículo y dogma de Fe, pero siempre, siempre, con la duda de que me estuviera metiendo una trola. Entre otras cosas porque yo, de cañones, conocía sólo los de Navarone, aquellos de Gregory Peck, David Niven y Antony Quin.

Y ahora me estoy viendo aquí, en una vieja fotografía, en lo alto de las sagradas ruinas de la Acrópolis de Atenas, inmortalizados junto a mi esposa, Pepe Colchero, Rafael Ortega, otro gran periodista, colega en Roma de Radio Nacional de España, de la TVE y de muchas otras aventuras de las letras escritas y habladas y el que esto suscribe. Debía ser en el año de gracia de 1977. Porque de lo que recuerdo es que de allí a poco tiempo, volamos a Jerusalén para llegar a tiempo de presenciar, 19 de noviembre de 1977, la histórica visita de Anwar El Sadat, presidente islámico de Egipto, a Jerusalén, por especial invitación de Menájen Begin, jefe del gobierno de Israel. El día siguiente, 20 de noviembre, el presidente egipcio pronunció un histórico discurso ante la asamblea parlamentaria, la “Keneset”, recitó una oración en el “Yad Vashem”, sagrario israelí de las víctimas del “Holocausto”. No podían faltar, en nombre de Alá, sus oraciones en la Gran Mezquita “Al-Aqsa” de Jerusalén. 

 José Virgilio Colchero, “el colcherito leré…”, le cantábamos bromeando ese alegre grupo de amigos de la prensa. Pero ya he dicho que sabía mucho de todo y que sus amores profundos fueron dos, Evelyn, su queridísima esposa, que, como la Penélope de la Odisea, le esperaba pacientemente en su ideal Atenas y…la balística. Lo de Virgilio, le decía, me recordaba a “La Divina Comedia”, cuando Dante se deja guiar por el poeta latino…”Nel mezzo del camin di nostra vita…” (…en medio del camino de nuestra vida…), porque, efectivamente estábamos en esa estación de juventud-madurez creadora, en medio del camino de nuestra vida.

Estés donde sea, no se te olvide decir a San Pedro que no desenfunde rabioso y airado su espadón, que, cuando el gentío quiere, siempre se entenderá con buenas y razonadas palabras. Bastaría, alternativamente, ceder un poco. Una vez a uno y la siguiente al contrario.


(*) Periodista español